Por Daniel Nuñez
PRESENTACION
Las recientes declaraciones de Guillermo Schulenburg, abad de la Basílica de Guadalupe, en el sentido de que el guadalupanismo es un mito, reitera una vez más lo que muchas personas a lo largo de los años han denunciado: el fraude religioso cometido por el romanismo.
En este libro se presenta un conciso análisis histórico-documental del mito guadalupano. En la introducción se reseña el estado actual de la abierta disputa que sostiene la alta jerarquía clerical en México por el control de las limosnas.
El capítulo uno, por su parte, hace un recuento del rechazo his¬tórico que destacados historiadores, e incluso altos clérigos -entre ellos arzobispos, obispos, canónigos, etc.- han tenido para la leyenda aparicionista. Es de destacar que el caso Schulenburg no es un hecho aisla¬do: en 1986, el presbítero José de Martín Rivera, Canónigo Archivero del Cabildo de la Catedral de México, escribió un estudio titulado "Pre¬cisiones a la pretendida historicidad de Nican Mopohua", en el que re¬bate la tradición romanista.
En el capítulo dos se presentan las principales contradicciones lógicas e históricas del guadalupanismo que como mito que es, se fue construyendo a base de datos erróneos y falsos. Los capítulos tres y cuatro, por último, dan cuenta de las reacciones que la confesión de Schulenburg ha levantado, algunas de ellas fanáticas e inquisitoriales y, otras, de apoyo. Asimismo, se reseña la guerra que actualmente tiene lugar por el control y usufructo de las limosnas de la Basílica, entre el arzobispo Norberto Rivera Carrera y el abad Schulenburg Pra¬do, cada cual con su respectivo bando.
La mentira ha quedado otra vez al descubierto. Permita el creador que la luz de la verdad llegue, en el mundo entero, a los corazones que todavía permanecen bajo la esclavitud del error, en el cumplimien¬to a las palabras de Jesucristo, el Hijo de Dios: "Y conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres".
18 de julio de 1996 El Autor.
INTRODUCCION
Guillermo Schulenburg, abad de la Basílica de Guadalupe, ha admitido públicamente lo que para muchos era de sobra conocido: pri¬mero, que la "aparición de la Virgen de Guadalupe" fue un invento de la Iglesia Católica-Romana; segundo, que tal imagen fue pintada por un indígena y, por último, que Juan Diego no existió, ya que es simplemente un símbolo.
La confesión de Schulenburg resulta sumamente significativa: a la infinidad de intelectuales, historiadores y aún altos clérigos que desde tiempo atrás habían denunciado y demostrado la falsedad del guadalupanismo, se suma ahora, la voz del responsable directo del culto guadalupano que reconoce a los cuatro vientos que todo ha sido un mito. Por el cargo que ocupa, sus palabras resultan contundentes y definitivas, ya que sin duda es uno de los que mejor sabe la forma en que se fue tejiendo la leyenda aparicionista.
Para quienes conocen los antecedentes de la Iglesia Romana no resulta novedoso lo que ha reconocido Schulenburg; la historia de¬muestra plenamente que las apariciones sólo tuvieron lugar en la imaginación del los clérigos que las propagaron. Es escandalosa, sin em¬bargo, la obstinación del romanismo por seguir enseñando y defendiendo fábulas e inventos. Y este capricho clerical tiene una explicaión las limosnas que recogen en cantidades exorbitantes importan más, rara para ellos, que la misma verdad de los hechos.
En este contexto de intereses monetarios tiene lugar la abierta disputa que sostiene actualmente la alta jerarquia del romanismo. por un lado el arzobispo de México, Norberto Rivera Carrera y sus aliados y, por el otro, el abad Schuienburg y Jerónimo Prigione, ambos bandos enfrentados en un duelo sin cuartel por el control de las limosnas. Re¬sulta claro que prefieren el dinero sobre la verdad, y defienden los in-ventos para seguir lucrando con las ciegas creencias de muchas perso¬nas. En fin con los mercaderes de la fe hemos topado.
El rechazo al guadalupanismo ha sido una constante histórica. En efecto, entre los que han expresado su oposición - implícita o explí¬citamente- a este mito, podemos citar a arzobispos, obispos y presbíte¬ros. Es importante señalar que a principios de siglo un canónigo de la Basílica de Guadalupe de nombre Vicente de Paula Andrade, se mani-festó por escrito y públicamente en contra de lo que llamó "la leyenda guadalupana'. Como se verá a continuación, la actual confesión de Schulenburg viene a sumarse a otros casos de denuncia que se han presentado a lo largo de la historia.
Así pues, las cadenas de la mentira, eslabón tras eslabón van cayendo..
RECHAZO HISTÓRICO A LAS APARICIONES GUADALUPANAS SUMARIO
a) Fray Juan de zumárraga.
b) Fray Francisco deBustamante.
c) Fray Alonso de Montúfar.
d) Fray Bernardino de Sahagún.
e) Fray Alonso de Santiago.
f) Virrey Martín Enríquez de Almansa
g) Fray Diego de Santa María.
h) Fray Gabriel de talavera.
i) Fray Juan de Torquemada.
j) Fray Servando Teresa de Mier.
k) Juan Bautista Muñoz.
I) Joaquín García Icazbalceta.
m) Obispo Eduardo SánchezCamacho.
n) Vicente de Paula Andrade.
ñ) Presbítero José de Martín Rivera.
o) Abad Guillermo Schulenburg Prado.
Muchas personas -entre ellas altos clérigos- han levantado su voz a lo largo de los años contra el fraude religioso cometido por la Iglesia Romana. Algunos en forma directa, y otros implícitamente, han cuestionado las apariciones, así como el culto idolátrico que se rinde a la llamada Virgen de Guadalupe. Lo siguiente es una reseña histórica de los principales detractores del guadalupanismo:
a). Fray Juan de Zumárraga.
Nació en Tavira de Durango, Vizcaya, España en 1468 y perteneció a la orden de los franciscanos. Fue el primer obispo de la Nueva España y fue promovido en 1546 al arzobispado. Murió en 1548 en México'. Según los aparicionistas, Zumárraga fue quien atestiguó que en la tilma de Juan Diego quedara pintada la imagen en cuestión.
El testimonio del propio Zumárraga contradice, sin embargo, lo que la tradición católica-romana sostiene. En efecto, en el libro Regla Cristiana, que es calificado como una "de sus obras más personales" (3', editado en 1547, compilado, examinado y aprobado por Zumárraga, escribió lo siguiente:
Ya no quiere el Redentor del Mundo que se hagan milagros, porque no son menester, pues está nuestra santa fe tan fundada por millares de milagros como tenemos en el Testamento Viejo y Nuevo...". Estas frases llevaron a uno de los más grandes historiadores de Méxi¬co, Joaquín García Icazbalceta, a exclamar: "¿Cómo decía eso el que había presenciado tan gran milagro?".
Agregó además Zumárraga: "No debéis hermanos, dar lugar a los pensamientos y blasfemias del mundo, el cual tienta las almas para que deseen ver por maravillas y milagros lo que creen por fe... No queráis, como Herodes, ver milagros y novedades porque no quedéis sin respuesta..." ,
Con lo anterior resulta evidente que este fraile, señalado por el romanismo como protagonista en las pretendidas apariciones, las niega de una manera clara y contundente. En los muchos escritos que de él Pe conocen (libros de doctrina, cartas, pareceres, una exhortación pastoral, dos testamentos y una información), no hay la más ligera alusión al he¬cho: ni siquiera se encuentra una sola vez el nombre de Guadalupe.
Se ha pretendido por los aparicionistas que Zumárraga ordenó la cons¬trucción de ermitas, así como de diversas traslaciones de la imagen. Sin em¬bargo, tales afirmaciones carecen absolutamente de fundamento o bases his¬tóricas, y no son sino producto de la imaginación clerical. Lo cierto es que Zumárraga, con su testimonio, niega rotundamente esta leyenda.
b). Fray Francisco Bustamante.
Este clérigo franciscano nació en 1485 en Toledo y murió en 1562 en Madrid. Llegó a la Nueva España en 1542. Fue electo provincial de su orden; en 1560 reelecto como tal, y al terminar su período pasó a ser comisario general. En su tiempo fue considerado "el mejor predicador del romanismo en la Nueva España .
El martes 8 de septiembre de 1556 pronunció un sermón en la capilla más importante de entonces, la de San José de los Naturales del convento de San Francisco, en presencia del virrey Luis de Velasco, de la Real Audiencia, de altos clérigos y de numeroso público. A medio sermón atacó abiertamente el culto que se hacía en la ermita del Tepe¬yac. así como al entonces arzobispo Alonso de Montúfar por permitirlo y propiciarlo. Algunos extractos de su discurso son los siguientes:
"... le parecía que la devoción que la gente de esta ciudad ha tomado en una ermita o casa de Ntra. Sra., que han titulado de Guadalupe, es en gran perjuicio de los naturales, porque les daban a entender que hacía milagros aquella imagen que pintó el indio Marcos: que esto era hacerles creer que era Dios... por¬que la devoción de Ntra. Sra de Guadalupe se había comenza¬do sin fundamento alguno...".
"... que una de las cosas más perniciosa para la buena cristian¬dad de los naturales... era la devoción de Ntra. Sra. de Guadalupe... y que ahora decirles que es una imagen pintada por un indio hacía milagros, sería gran confusión y deshacerlo bueno que esta-ba plantado, porque otras devociones que había, como la de Ntra. Sra. de Loreto y otras, tenían grandes principios, y que esta (la guadalupana) se levantase tan sin fundamento, estaba admirado".
"También dijo que publicarse milagros, como se había publica¬do, era gran confusión, porque si iba un indio cojo con esperanza que había de volver sano, y después volver más cojo que como había ido, era darles ocasión que no creyesen en Dios... Y que si esta devoción iba adelante, prometía jamás predicar a indios, porque sería tornar a deshacer lo hecho".
"... que suplica al virrey (Luis de Velasco) y oidores mandasen remediar tan gran mal, y que sobre ello hiciesen informción, y castigasen a los inventores". Agregó también: "Habrí sido bueno que al primero que dijese que la Virgen de Guadalupe hacía mila-gros, le hubiesen dado cien azotes, y que sobre su conciencia se deberían dar doscientos al que en adelante lo volviese a decir...".
Además de su franco rechazo al culto guadalupano, Bustaman¬te denuncia lo que ya desde esos tiempos -como hasta el día de hoy escandaliza a todo mundo. Dijo: "que la limosna que a la dicha ermita se daba, fuera mejor darla a los pobres vergonzantes, que hay en la ciudad: pues el tomín y candela que se llevaba a Ntra. Sra. de Guada¬lupe no se sabía en que se gastaba...".
Del sermón de Bustamante resulta interesante destacar lo siguiente:
- Que el propio superior de los franciscanos en la Nueva España públicamente rebatió la devoción a la imagen en cuestión.
- Que tal devoción se levantaba sin fundamento. (¿Cómo podía decir esto quien era uno de los principales clérigos y, en consecuencia, mejor informados, si según la leyenda hacía apenas 25 años que las apariciones habían ocurrido?).
- Que el indio Marcos (su nombre completo era Marcos Cipac o de Aquino, pintor elogiado por el historiador Bernal Díaz del Castillo), fue quien pintó tal imagen. En ningún momento se mencionan pinturas celestiales, ni cosa por el estilo: tal fábula se elaboraría mucho tiempo después.
- Que los altos clérigos, entre ellos el arzobispo Montúfar, difundían falsos milagros de la imagen para incrementar la devoción de los nativos. Nótese como todavía no se inventaban las apariciones.
- Que el manejo de las limosnas.. tal y como hoy sigue ocurrien¬do, era a ocultas y sin transparencia.
Nadie rebatió lo dicho por Bustamante con respecto al culto guadalupano. Si bien es cierto que fue sometido a un proceso.. el cual ni siquiera se concluyó, fue porque públicamente denunció al arzobispo Montúfar de propiciar la idolatría entre los nativos, más no porque haya combatido a la imagen guadalupana. Por esta última nadie levantó la voz, lo que prueba que nadie la tenía por sobrenaturalmente pintada, ni aparecida, ni cosa por el estilo.
Francisco de Bustamante siguió con su ascendente carrera cle¬rical: en 1560 fue reelecto provincial y después comisario general de la orden de los franciscanos.
c). Fray Alonso de Montúfar.
Nació en Loja, Granada, España, en el año de 1498 y murió en México en 1573. Perteneció a los dominicos y fue el segundo arzobispo de la Nueva España de 1551 a 1573. Organizó dos concilios provinciales en 1555 y 1565.
La denuncia contra Montúfar por impulsar la idolatría, como se vio en el punto anterior., tuvo como respuesta que se instrumentara un proceso en contra de Bustamante. El valiente ataque al arzobispo pro¬vocó la información que tal fue como se conoció dicho proceso. El his¬toriador García Icazbalceta lo resume en los siguientes términos:
"El interrogatorio de trece preguntas tenía por único objeto dejar bien fijado lo que el predicador había dicho. Fueron llamados nueve testigos, y de sus declaraciones resulta haber predicado Bustamante lo que dejamos referido. Algunos añadieron que él no era el único que pensaba de aquella manera, sino que le seguían los demás franciscanos: que todos se oponían a la de¬voción, y aún alegaban contra ella textos de la Sagrada Escritu¬ra en que se manda adorar sólo a Dios; que aquella imagen, decían, no debía llamarse de Guadalupe, sino de Tepeaca o Tepeaquilla; que ir a tal peregrinación no era servir a Dios, sino más bien ofenderle...".
Sigue diciendo Icazbalceta: "El... arzobispo tra¬taba también de probar que en un sermón que él predicó pocos días antes, había dicho que el Con¬cilio Lateranense estaba mandado, so pena de excomunión, que nadie predicase milagros falsos o inciertos. y él no había predicado milagro ninguno de los que decían que había hecho la dicha imagen de Ntra. Sra., ni hacía caso de ellos...".
Montúfar trató de defenderse diciendo que él en su predicación sólo daba a "entender cómo no se hace reverencia a la tabla ni a la pintura, sino a la imagen... por lo que representa".
Este clérigo se convierte también, por su propio dicho, en antiaparicionista. En efecto, no podía llamar "la tabla" o la "pintura" a la imagen si hubiera creído que era obra divina o sobrenatural; además, en toda la información no se le trata jamás como aparecida y ni una voz se levantó en contra de la afirmación que hizo Bustamante de que fue el indio Marcos quien la pintó. Ni el mismo pintor que aún vivía se opuso.
Como puede verse, ni Montúfar ni alguna otra persona defendió el culto guadalupano. Por el contrario, el arzobispo despectivamente llama a la imagen "la tabla", señalando además que El no hacía caso de los supuestos milagros. También en el proceso que se instruyó contra Bustamante quedó asentado que no sólo este rechazaba el guada-lupanismo, sino que su postura era seguida y apoyada por los demás miembros de la orden de los franciscanos: queda probado pues, que esta orden religiosa -la más importante entonces en estos lugares- fue también opositora a dicho culto, y que desconocían cualquier fábula anaricionista.
d). Fray Bernardino de Sahagún.
Este clérigo franciscano nació probablemente en 1499 en la Villa de Sahagún, España, y murió en 1590. Pasó a la Nueva España en 1529; a poco tiempo de su arribo comenzó a recoger información en lengua mexicana, que aprendió con perfección, para escribir su Historia Gene¬ral de las Cosas de la Nueva España que pudo terminar después de
1570 .
La obra de Sahagún antes citada ha sido calificada como la más completa por su contenido. En doce libros abarca todos los informes referentes a las ideas y costumbres, instituciones, religión e histo¬ria natural de los antiguos mexicanos . Recopiló textos de discursos y cantares que habían sido librados de la destrucción de la cultura indígena que llevaron a efecto los clérigos romanos cegados por su fanatismo.
En su historia General de las Cosas de la Nueva España, Saha¬gún escribió:
"Cerca de los montes hay tres o cuatro lugares donde solían (los nativos) hacer muy solemnes sacrificios y que venían a ellos de m lejanas tierras. El uno de éstos es aquí en México, donde está un montecillo que se llama Tepeyac, y los españoles llaman Tepeaquilla, y ahora se llama Ntra. Sra. de Guadalupe. En este lugar tenían un templo dedicado a la madre de los dioses, que llamaban Tonantzin, que quiere decir nuestra madre, allí hacían sacrificios a honra de esta diosa y venían a ellos de muy lejanas tierras... venían hombres, mujeres, mozas y mozos a estas fies¬tas; era grande el concurso de gentes en esos días y todos decían ¡vamos a la fiesta de Tonantzin!; ahora que está allí edi¬ficada la iglesia de... Guadalupe, también la llaman Tonantzin...".
Continúa Sahagún: "De dónde haya nacido esta fundación de esta Tonantzin, no se sabe de cierto, pero lo que sabemos ver¬daderamente es que el vocablo significa, de su primera imposi¬ción, aquella Tonantzin antigua, y es cosa que se debería reme¬diar... Parece esta invención satánica para paliarla idolatría bajo la equivocación de este nombre Tonantzin, y vienen ahora a visitar esta Tonantzin desde muy lejos, tanto como de antes, la cual devoción también es sospechosa...".
Resulta contundente lo que escribe Sahagún contra el guadalu¬panismo. Claramente dice:
- Que en el lugar donde estaba la ermita guadalupana, en un montecillo llamado Tepeyac, los nativos tenían antes de la llegada de los clérigos un templo dedicado a Tonantzin, a cuya veneración acu¬dían en grande número. Al destruirse sus ídolos, el romanismo les im¬puso otros; sin embargo, aunque los indígenas aparentaban devoción a la nueva imagen, en el fondo seguían adorando a sus dioses. Por ello, los nativos más que sentir devoción por la imagen, tenían devoción a su diosa milenaria, la Tonantzin; desde luego que tenían buen cuidado de disimular su verdadera devoción para no sufrir los crueles castigos que les eran impuestos, y aún la misma muerte, por rechazar las creencias del romanismo.
- Al culto guadalupano, Sahagún le llama invención satánica, y recomienda que tal idolatría debería remediarse.
- Que el origen del culto guadalupano no se sabe de cierto. Sahagún, quien fuera el más acucioso historiador del siglo XVI, ignora¬ba las supuestas apariciones, la explicación es por demás sencilla és¬tas fueron inventadas muchos años después.
- Hasta en tres ocasiones, Sahagún le llama despreciativamente esta Tonantzin a una imagen que según la fábula romanista fue divina¬mente aparecida. Es claro que para este fraile tal imagen no tenía nada de especial.
Cabe destacar que en un códice manuscrito, Sahagún le llama disimulación idolátrica al guadalupanismo, manifestando su desagrado y señalando que deseaba verlo prohibido (1b?. Significativo resulta el dato de que los indios que ayudaron a Sahagún a elaborar su Historia General de las Cosas de la Nueva España fueron, entre otros, Alonso Vejarano y Pedro de Sanbuenaventura, ambos de Cuautitlán, de donde se pretende que era Juan Diego, por lo que éstos deberían de conocer el relato de las supuestas apariciones. Sin embargo, ni una palabra se escribió al respecto.
Otro nativo que ayudó a Sahagún en su obra fue Antonio Vale¬riano, quien según el romanismo escribió la primera historia guadalu¬pana. Absolutamente nada asentaron de tal leyenda, y con respecto a la primera historia, García Icazbalceta escribe que "esta pieza no exis¬te" ni la ha visto ningún moderno, ni se ha publicado jamás" . En fin, tal escrito es otra mentira más.
Entre los clérigos de entonces nadie conocía mejor a los indíge¬nas que Sahagún, por lo que debía de estar bien enterado de la fábula aparicionista si entonces se hubiese propagado. Contrario a esto, dice terminantemente que "no se sabía de cierto el origen de aquella funda¬ción", y se advierte con toda claridad que le desagradaba tal devoción idolátrica. Es relevante, además, que le llame "invención satánica" (pa¬labras textuales de este fraile) al culto guadalupano.
El testimonio de este franciscano es uno de los más contunden¬tes y definitivos en contra de la tradición romanista. Sus señalamientos resultan incombatibles, porque muestran claramente que el origen del guadalupanismo es radicalmente distinto a lo que pretende la Iglesia Romana.
Nació en Tavira de Durango, Vizcaya, España en 1468 y perteneció a la orden de los franciscanos. Fue el primer obispo de la Nueva España y fue promovido en 1546 al arzobispado. Murió en 1548 en México'. Según los aparicionistas, Zumárraga fue quien atestiguó que en la tilma de Juan Diego quedara pintada la imagen en cuestión.
El testimonio del propio Zumárraga contradice, sin embargo, lo que la tradición católica-romana sostiene. En efecto, en el libro Regla Cristiana, que es calificado como una "de sus obras más personales" (3', editado en 1547, compilado, examinado y aprobado por Zumárraga, escribió lo siguiente:
Ya no quiere el Redentor del Mundo que se hagan milagros, porque no son menester, pues está nuestra santa fe tan fundada por millares de milagros como tenemos en el Testamento Viejo y Nuevo...". Estas frases llevaron a uno de los más grandes historiadores de Méxi¬co, Joaquín García Icazbalceta, a exclamar: "¿Cómo decía eso el que había presenciado tan gran milagro?".
Agregó además Zumárraga: "No debéis hermanos, dar lugar a los pensamientos y blasfemias del mundo, el cual tienta las almas para que deseen ver por maravillas y milagros lo que creen por fe... No queráis, como Herodes, ver milagros y novedades porque no quedéis sin respuesta..." ,
Con lo anterior resulta evidente que este fraile, señalado por el romanismo como protagonista en las pretendidas apariciones, las niega de una manera clara y contundente. En los muchos escritos que de él Pe conocen (libros de doctrina, cartas, pareceres, una exhortación pastoral, dos testamentos y una información), no hay la más ligera alusión al he¬cho: ni siquiera se encuentra una sola vez el nombre de Guadalupe.
Se ha pretendido por los aparicionistas que Zumárraga ordenó la cons¬trucción de ermitas, así como de diversas traslaciones de la imagen. Sin em¬bargo, tales afirmaciones carecen absolutamente de fundamento o bases his¬tóricas, y no son sino producto de la imaginación clerical. Lo cierto es que Zumárraga, con su testimonio, niega rotundamente esta leyenda.
b). Fray Francisco Bustamante.
Este clérigo franciscano nació en 1485 en Toledo y murió en 1562 en Madrid. Llegó a la Nueva España en 1542. Fue electo provincial de su orden; en 1560 reelecto como tal, y al terminar su período pasó a ser comisario general. En su tiempo fue considerado "el mejor predicador del romanismo en la Nueva España .
El martes 8 de septiembre de 1556 pronunció un sermón en la capilla más importante de entonces, la de San José de los Naturales del convento de San Francisco, en presencia del virrey Luis de Velasco, de la Real Audiencia, de altos clérigos y de numeroso público. A medio sermón atacó abiertamente el culto que se hacía en la ermita del Tepe¬yac. así como al entonces arzobispo Alonso de Montúfar por permitirlo y propiciarlo. Algunos extractos de su discurso son los siguientes:
"... le parecía que la devoción que la gente de esta ciudad ha tomado en una ermita o casa de Ntra. Sra., que han titulado de Guadalupe, es en gran perjuicio de los naturales, porque les daban a entender que hacía milagros aquella imagen que pintó el indio Marcos: que esto era hacerles creer que era Dios... por¬que la devoción de Ntra. Sra de Guadalupe se había comenza¬do sin fundamento alguno...".
"... que una de las cosas más perniciosa para la buena cristian¬dad de los naturales... era la devoción de Ntra. Sra. de Guadalupe... y que ahora decirles que es una imagen pintada por un indio hacía milagros, sería gran confusión y deshacerlo bueno que esta-ba plantado, porque otras devociones que había, como la de Ntra. Sra. de Loreto y otras, tenían grandes principios, y que esta (la guadalupana) se levantase tan sin fundamento, estaba admirado".
"También dijo que publicarse milagros, como se había publica¬do, era gran confusión, porque si iba un indio cojo con esperanza que había de volver sano, y después volver más cojo que como había ido, era darles ocasión que no creyesen en Dios... Y que si esta devoción iba adelante, prometía jamás predicar a indios, porque sería tornar a deshacer lo hecho".
"... que suplica al virrey (Luis de Velasco) y oidores mandasen remediar tan gran mal, y que sobre ello hiciesen informción, y castigasen a los inventores". Agregó también: "Habrí sido bueno que al primero que dijese que la Virgen de Guadalupe hacía mila-gros, le hubiesen dado cien azotes, y que sobre su conciencia se deberían dar doscientos al que en adelante lo volviese a decir...".
Además de su franco rechazo al culto guadalupano, Bustaman¬te denuncia lo que ya desde esos tiempos -como hasta el día de hoy escandaliza a todo mundo. Dijo: "que la limosna que a la dicha ermita se daba, fuera mejor darla a los pobres vergonzantes, que hay en la ciudad: pues el tomín y candela que se llevaba a Ntra. Sra. de Guada¬lupe no se sabía en que se gastaba...".
Del sermón de Bustamante resulta interesante destacar lo siguiente:
- Que el propio superior de los franciscanos en la Nueva España públicamente rebatió la devoción a la imagen en cuestión.
- Que tal devoción se levantaba sin fundamento. (¿Cómo podía decir esto quien era uno de los principales clérigos y, en consecuencia, mejor informados, si según la leyenda hacía apenas 25 años que las apariciones habían ocurrido?).
- Que el indio Marcos (su nombre completo era Marcos Cipac o de Aquino, pintor elogiado por el historiador Bernal Díaz del Castillo), fue quien pintó tal imagen. En ningún momento se mencionan pinturas celestiales, ni cosa por el estilo: tal fábula se elaboraría mucho tiempo después.
- Que los altos clérigos, entre ellos el arzobispo Montúfar, difundían falsos milagros de la imagen para incrementar la devoción de los nativos. Nótese como todavía no se inventaban las apariciones.
- Que el manejo de las limosnas.. tal y como hoy sigue ocurrien¬do, era a ocultas y sin transparencia.
Nadie rebatió lo dicho por Bustamante con respecto al culto guadalupano. Si bien es cierto que fue sometido a un proceso.. el cual ni siquiera se concluyó, fue porque públicamente denunció al arzobispo Montúfar de propiciar la idolatría entre los nativos, más no porque haya combatido a la imagen guadalupana. Por esta última nadie levantó la voz, lo que prueba que nadie la tenía por sobrenaturalmente pintada, ni aparecida, ni cosa por el estilo.
Francisco de Bustamante siguió con su ascendente carrera cle¬rical: en 1560 fue reelecto provincial y después comisario general de la orden de los franciscanos.
c). Fray Alonso de Montúfar.
Nació en Loja, Granada, España, en el año de 1498 y murió en México en 1573. Perteneció a los dominicos y fue el segundo arzobispo de la Nueva España de 1551 a 1573. Organizó dos concilios provinciales en 1555 y 1565.
La denuncia contra Montúfar por impulsar la idolatría, como se vio en el punto anterior., tuvo como respuesta que se instrumentara un proceso en contra de Bustamante. El valiente ataque al arzobispo pro¬vocó la información que tal fue como se conoció dicho proceso. El his¬toriador García Icazbalceta lo resume en los siguientes términos:
"El interrogatorio de trece preguntas tenía por único objeto dejar bien fijado lo que el predicador había dicho. Fueron llamados nueve testigos, y de sus declaraciones resulta haber predicado Bustamante lo que dejamos referido. Algunos añadieron que él no era el único que pensaba de aquella manera, sino que le seguían los demás franciscanos: que todos se oponían a la de¬voción, y aún alegaban contra ella textos de la Sagrada Escritu¬ra en que se manda adorar sólo a Dios; que aquella imagen, decían, no debía llamarse de Guadalupe, sino de Tepeaca o Tepeaquilla; que ir a tal peregrinación no era servir a Dios, sino más bien ofenderle...".
Sigue diciendo Icazbalceta: "El... arzobispo tra¬taba también de probar que en un sermón que él predicó pocos días antes, había dicho que el Con¬cilio Lateranense estaba mandado, so pena de excomunión, que nadie predicase milagros falsos o inciertos. y él no había predicado milagro ninguno de los que decían que había hecho la dicha imagen de Ntra. Sra., ni hacía caso de ellos...".
Montúfar trató de defenderse diciendo que él en su predicación sólo daba a "entender cómo no se hace reverencia a la tabla ni a la pintura, sino a la imagen... por lo que representa".
Este clérigo se convierte también, por su propio dicho, en antiaparicionista. En efecto, no podía llamar "la tabla" o la "pintura" a la imagen si hubiera creído que era obra divina o sobrenatural; además, en toda la información no se le trata jamás como aparecida y ni una voz se levantó en contra de la afirmación que hizo Bustamante de que fue el indio Marcos quien la pintó. Ni el mismo pintor que aún vivía se opuso.
Como puede verse, ni Montúfar ni alguna otra persona defendió el culto guadalupano. Por el contrario, el arzobispo despectivamente llama a la imagen "la tabla", señalando además que El no hacía caso de los supuestos milagros. También en el proceso que se instruyó contra Bustamante quedó asentado que no sólo este rechazaba el guada-lupanismo, sino que su postura era seguida y apoyada por los demás miembros de la orden de los franciscanos: queda probado pues, que esta orden religiosa -la más importante entonces en estos lugares- fue también opositora a dicho culto, y que desconocían cualquier fábula anaricionista.
d). Fray Bernardino de Sahagún.
Este clérigo franciscano nació probablemente en 1499 en la Villa de Sahagún, España, y murió en 1590. Pasó a la Nueva España en 1529; a poco tiempo de su arribo comenzó a recoger información en lengua mexicana, que aprendió con perfección, para escribir su Historia Gene¬ral de las Cosas de la Nueva España que pudo terminar después de
1570 .
La obra de Sahagún antes citada ha sido calificada como la más completa por su contenido. En doce libros abarca todos los informes referentes a las ideas y costumbres, instituciones, religión e histo¬ria natural de los antiguos mexicanos . Recopiló textos de discursos y cantares que habían sido librados de la destrucción de la cultura indígena que llevaron a efecto los clérigos romanos cegados por su fanatismo.
En su historia General de las Cosas de la Nueva España, Saha¬gún escribió:
"Cerca de los montes hay tres o cuatro lugares donde solían (los nativos) hacer muy solemnes sacrificios y que venían a ellos de m lejanas tierras. El uno de éstos es aquí en México, donde está un montecillo que se llama Tepeyac, y los españoles llaman Tepeaquilla, y ahora se llama Ntra. Sra. de Guadalupe. En este lugar tenían un templo dedicado a la madre de los dioses, que llamaban Tonantzin, que quiere decir nuestra madre, allí hacían sacrificios a honra de esta diosa y venían a ellos de muy lejanas tierras... venían hombres, mujeres, mozas y mozos a estas fies¬tas; era grande el concurso de gentes en esos días y todos decían ¡vamos a la fiesta de Tonantzin!; ahora que está allí edi¬ficada la iglesia de... Guadalupe, también la llaman Tonantzin...".
Continúa Sahagún: "De dónde haya nacido esta fundación de esta Tonantzin, no se sabe de cierto, pero lo que sabemos ver¬daderamente es que el vocablo significa, de su primera imposi¬ción, aquella Tonantzin antigua, y es cosa que se debería reme¬diar... Parece esta invención satánica para paliarla idolatría bajo la equivocación de este nombre Tonantzin, y vienen ahora a visitar esta Tonantzin desde muy lejos, tanto como de antes, la cual devoción también es sospechosa...".
Resulta contundente lo que escribe Sahagún contra el guadalu¬panismo. Claramente dice:
- Que en el lugar donde estaba la ermita guadalupana, en un montecillo llamado Tepeyac, los nativos tenían antes de la llegada de los clérigos un templo dedicado a Tonantzin, a cuya veneración acu¬dían en grande número. Al destruirse sus ídolos, el romanismo les im¬puso otros; sin embargo, aunque los indígenas aparentaban devoción a la nueva imagen, en el fondo seguían adorando a sus dioses. Por ello, los nativos más que sentir devoción por la imagen, tenían devoción a su diosa milenaria, la Tonantzin; desde luego que tenían buen cuidado de disimular su verdadera devoción para no sufrir los crueles castigos que les eran impuestos, y aún la misma muerte, por rechazar las creencias del romanismo.
- Al culto guadalupano, Sahagún le llama invención satánica, y recomienda que tal idolatría debería remediarse.
- Que el origen del culto guadalupano no se sabe de cierto. Sahagún, quien fuera el más acucioso historiador del siglo XVI, ignora¬ba las supuestas apariciones, la explicación es por demás sencilla és¬tas fueron inventadas muchos años después.
- Hasta en tres ocasiones, Sahagún le llama despreciativamente esta Tonantzin a una imagen que según la fábula romanista fue divina¬mente aparecida. Es claro que para este fraile tal imagen no tenía nada de especial.
Cabe destacar que en un códice manuscrito, Sahagún le llama disimulación idolátrica al guadalupanismo, manifestando su desagrado y señalando que deseaba verlo prohibido (1b?. Significativo resulta el dato de que los indios que ayudaron a Sahagún a elaborar su Historia General de las Cosas de la Nueva España fueron, entre otros, Alonso Vejarano y Pedro de Sanbuenaventura, ambos de Cuautitlán, de donde se pretende que era Juan Diego, por lo que éstos deberían de conocer el relato de las supuestas apariciones. Sin embargo, ni una palabra se escribió al respecto.
Otro nativo que ayudó a Sahagún en su obra fue Antonio Vale¬riano, quien según el romanismo escribió la primera historia guadalu¬pana. Absolutamente nada asentaron de tal leyenda, y con respecto a la primera historia, García Icazbalceta escribe que "esta pieza no exis¬te" ni la ha visto ningún moderno, ni se ha publicado jamás" . En fin, tal escrito es otra mentira más.
Entre los clérigos de entonces nadie conocía mejor a los indíge¬nas que Sahagún, por lo que debía de estar bien enterado de la fábula aparicionista si entonces se hubiese propagado. Contrario a esto, dice terminantemente que "no se sabía de cierto el origen de aquella funda¬ción", y se advierte con toda claridad que le desagradaba tal devoción idolátrica. Es relevante, además, que le llame "invención satánica" (pa¬labras textuales de este fraile) al culto guadalupano.
El testimonio de este franciscano es uno de los más contunden¬tes y definitivos en contra de la tradición romanista. Sus señalamientos resultan incombatibles, porque muestran claramente que el origen del guadalupanismo es radicalmente distinto a lo que pretende la Iglesia Romana.
e). Fray Alonso de Santiago.
Perteneció a la orden de los franciscanos. En 1556 afirmó que "permitir el culto (guadalupano) como estaba era escandalizar a los indios por¬que creerían que aquella era la verdadera Nuestra Señora", y propone que se llame "Ntra. Señora de Tepeaquilla, así como la de Guadalupe de España se llama así por el lugar".
Como puede verse, para mediados del siglo XVI nada absoluta¬mente se mencionaba de apariciones o pinturas celestiales; incluso, se propone un nombre distinto para la imagen que aquel que le han asignado.
f).Virrey Martín Enríquez de Almansa.
Marqués de Cañete y cuarto virrey de la Nueva España de 1568 a 1580. Posteriormente ocupó el virreinato de Perú, de 1581 a 1583. En su tiempo se estableció formalmente la Inquisición, en 1571, que cele¬bró los llamados autos de fe de 1574, 1575 y 1579 (19). Debe recordarse que prácticamente desde el arribo de los primeros clérigos a la Nueva España hubo actividades inquisitoriales ejercidas por frailes y después por obispos.
En un informe enviado a Felipe II, de fecha 23 de septiembre de 1575, el virrey escribe:
"Sobre lo que toca a la fundación de la ermita de Ntra. Seño¬ra de Guadalupe y que procure el arzobispo que la visite: visitarla y tomar las cuentas siempre se ha hecho por prela¬dos, y el principio que tuvo la fundación de la iglesia que ahora está hecha, lo que comúnmente se entiende es que en el año de 1555 o 1556 estaba allí una ermitilla en la cual estaba la imagen que ahora está en la iglesia y que un gana¬dero que por allí andaba publicó haber cobrado salud yendo a aquella ermita y empezó a crecer la devoción de la gen¬te. Y pusieron nombre a la imagen de Ntra. Sra. de Gua¬dalupe por decir que se parecía a la de Guadalupe de España".
Resulta por demás claro el informe del virrey Enríquez:
- Que se desconocía el origen de la ermitilla. A pesar de que el virrey contaba con numerosos medios para informarse y dar cuenta al rey, no pudo precisar el origen de lo que despectivamente llama ermiti¬lla. Y es que aún la leyenda no se fraguaba.
- Que la devoción popular comenzó a crecer porque un ganade¬ro contó que se había hecho un milagro, en ningún momento se menciona aparición alguna.
- Que el nombre de Guadalupe se le puso a la imagen por decir que se parecía a la de Guadalupe de España. Con esto informa de donde vino el nombre.
Como puede apreciarse, ni los altos clérigos de entonces -como Zumárraga y Montúfar, primer y segundo arzobispos de la Nueva Espa¬ña, respectivamente-, ni el más destacado historiador como lo fue Sa¬hagún, ni la máxima autoridad política del virreinato, como lo era Mar¬tín de Enríquez, tenían noticia alguna de las pretendidas apariciones; y no sólo guardan el más absoluto silencio en lo que el romanismo pro-clama como uno de los mayores milagros, sino que con sus testimonios desvirtúan y rechazan la quimera guadalupana.
g). Fray Diego de Santa María.
Monje jerónimo del Monasterio de Guadalupe en Extremadura, Espa¬ña. Realizó una inspección a la ermita guadalupana de la Nueva Espa¬ña, con lo que se comprueba la vinculación y dependencia de ésta con la española.
En una carta que escribió al rey Felipe II, en 1574, señala entre otras cosas.
"Yo hallé en esta ciudad una ermita a la advocación de Ntra. Sra. de Guadalupe... El origen fue de que vino a esta provincia hace doce años, un hombre con un poder falso de nuestro Mo¬nasterio de Ntra. Sra. de Guadalupe... el cual recogió muchas limosnas... se huyó y quedaron cierta cantidad de dinero de lo que habían cobrado los mayordomos de esta ermita, que en¬tonces se llamaba por otro nombre; entendiendo la devoción con que acudían los cristianos a Ntra. Sra. de Guadalupe (la española) le mudaron el nombre y le pusieron Ntra. Sra. de Guadalupe, como hoy en día se dice llama..."
El párrafo anterior firmemente señala que:
- La ermita se llamaba "por otro nombre"
- Le mudaron el nombre y le pusieron el de... Guadalupe.
- El nombre lo tomaron de la guadalupana española, (con esto, coincide Diego de Santa María con lo dicho por el virrey Enríquez).
- La ermita de la Nueva España era dependiente del convento de Guadalupe español, a tal grado que se enviaba a un inspector a supervisar el culto y, desde luego, las limosnas. Que los administrado¬res o mayordomos de la ermita reconocían tal dependencia, lo demuestra el hecho de que entregaban las limosnas al fraile español. Con esto queda claro que el culto guadalupano en México se toma del español, cuya devoción fue traída por los propios conquistadores. Escribe J. Lafaye al respecto: "...el origen regional de Cortés y de muchos de sus compañeros, extremeños como él, favoreció el desarrollo en Nueva España de la devoción a una imagen de la Virgen, que era la honra de Extremadura"
Otro clérigo, Fray Germán Rubio, escribe en su historia de la guadalupana española: "De tal... devoción a Ntra. Sra. nacieron en Es¬paña, Portugal, las Américas y en otros puntos del mundo multitud de santuarios en su honor levantados..."
España fue, pues, el origen del guadalupanismo en México.
h). Fray Gabriel de Talavera.
Clérigo español de la orden de los jerónimos. Nació en 1545 y murió en fecha desconocida. Fue prior del monasterio de Guadalupe en España y publicó su Historia de Ntra. Sra. de Guadalupe en 1597 (24). Implícita¬mente rechaza la leyenda guadalupana en los siguientes términos:
"... arraigóse de esta suerte la devoción y respeto del santuario en aquellos moradores (del Nuevo Mundo) de forma que co¬menzaron luego a dar prendas del buen ánimo con que habían recibido la doctrina, levantando iglesias y santuarios de mucha devoción con título de Ntra. Sra. de Guadalupe, especial en la ciudad de México de Nueva España",
Como puede verse, ni una palabra de la leyenda aparicionista. Comenta el historiador Joaquín García Icazbalceta que "los que emigran a lejanas tierras tienen propensión a repetir en ellas los nombres de las suyas, y a encontrar semejanzas, aunque no existan, entre lo que hay en su nueva patria y lo que dejaron en la antigua. Así México recibió el nom¬bre de Nueva España, porque dijeron que se parecía a la antigua, y los extensos territorios descubiertos y conquistados por Nuño de Guzmán se llamaron la Nueva Galicia, por una soñada semejanza con aquella peque¬ña provincia de España. Los españoles creyeron advertir que la imagen... venerada en el Tepeyac se parecía en algo a la del coro del santuario de Extremadura, y con eso bastó para que le dieran el mismo nombre" .
En efecto, como ya antes lo había declarado el virrey Enríquez, y lo confirmaba después Talavera, el nombre de Guadalupe se tomó del culto español. Con esto queda rechazado el mito aparicionista.
i). Fray Juan de Torquemada.
Nació probablemente en 1557 y murió en 1624. Perteneció a la orden de los franciscanos.
En su obra Monarquía Indiana, publicada en 1615, escribió lo siguiente:
"Y en otro lugar que está a una legua de esta ciudad de México, a la parte del norte, hacían fiesta a otra diosa, llamada Tonan, que quiere decir nuestra madre. cuya devoción de dioses prevalecía cuando nuestros frailes vinieron a esta tierra, y a cuyas festividades acudían grandísimos gentíos de muchas leguas a la redonda".
Ahora bien, viendo los clérigos el apego de los indios a su diosa Tonantzin, suplantan a este ídolo por la imagen en cuestión. Y al llamarla Guadalupe, en obvia referencia a la extremeña, lograron los religiosos dos fines con una sola acción: mantener sumisos a los conquistadores por su devoción a la guadalupana española y a la vez, aprovechar la antigua devoción de los nativos por su Tonantzin.
La argucia clerical la revela el propio Torquemada:
"Pues queriendo remediar este gran daño, nuestros primeros religiosos, que fueron los que primero que otros entraron a vendimiar esta viña inculta, y a podarla... determinaron de poner iglesia... en Tonantzin, junto a México, a la Virgen Santísima que es Ntra. Señora y Nuestra Madre". "La intención de esto, dice Torquemada, era encaminar a los peregrinos hacia el nue¬vo culto, para sustituir asía la diosa-madre de los antiguos mexicanos".
Es importante destacar del testimonio de Torquemada que:
- En ningún momento habla de apariciones ni pinturas sobrenaturales.
- Por el contrario, Torquemada señala claramente que la ermita guadalupana fue puesta donde antes acudían los indígenas a venerar a Tonantzin, para aprovechar las antiguas creencias de los naturales.
- Dicha ermita fue colocada en ese lugar porque así lo determinaron los religiosos.
j). Fray Servando Teresa de Mier.
Nació en 1765 en Monterrey, Nuevo León, y murió en 1827; fue miem¬bro de la orden de los dominicos, habiendo estudiado en el Colegio de Porta Coeli de México, donde obtuvo el grado de doctor en filosofía y teología. Por discrepar de la tradición romanista sobre el guadalupanis¬mo, fue desterrado a España, de lo cual se suceden fugas y aprehensiones de diversas cárceles y conventos en diferentes lugares de España, Francia, Italia y Portugal.
En un célebre sermón pronunciado en 1794 pretendió dar nue¬va forma a la leyenda guadalupana, afirman que la imagen estaba pintada en la capa del Apóstol Tomás. Con esto rechazaba el mito como hasta entonces se había fabricado. Esto le acarreó ser conducido ante la Inquisición y después mandado al exilio.
Cabe recordar que en 1648 el sacerdote Miguel Sánchez había publicado el primer libro que narra la quimera aparicionista. Otros apo¬logistas lo siguieron en ese mismo siglo, agregando nuevos datos que sacaban de su imaginación: tales son los casos de Lasso de la Vega y Becerra y Tanco, tejiendo así la creencia guadalupana.
Tiempo después, en diversos documentos, Servando Teresa de Mier rechazó tajantemente la fábula guadalupana. En su obra Apo¬logía escribió:
"La imagen de Ntra. Sra. de Tecaxique es idéntica en pintura y lienzo a Ntra. Sra. de Guadalupe, y nadie dice por eso que está en la capa de un indio, aunque allá también se cuenta una aparición, como otras innumerables en el reino reciente de la conquista, porque entonces, dice Torquemada, `se dieron los indios a pintar muchas imágenes que llevaban y dejaban en las iglesias, donde cada día remanecían sin saber quien las había traído".
Sobre la postura de este fraile escribe J. Lafaye en su obra Quetzalcóatl y Guadalupe: "El domínico echó por tierra, pues, los prin¬cipales aspectos de la tradición... proponiendo explicaciones raciona¬les a todo lo que los apologistas de Guadalupe, desde hacía un siglo y medio, se habían esforzado en presentar como manifestaciones sobre naturales".
En apoyo a su postura, Mier agrega que los indios siguieron cele¬brando la fiesta de Guadalupe el 8 de septiembre y no el 12 de diciembre, como lo hacían los criollos; contundentemente denuncia: "Torquemada dice... que cuantas imágenes se veneraban hasta su tiempo en los retablos de Nueva España se pintaron a espaldas de San Francisco, en el taller de pinturas que puso... fray Pedro de Gante" 133,
k). Juan Bautista Muñoz.
Fue un historiador español nacido en Valencia en 1745 y muerto en 1799. Fue nombrado cronista oficial del Nuevo Mundo, habiéndole encargado Carlos III en 1779 escribir una Historia General de las Indias. Por decreto real (de fecha 20 de enero de 1778), se dio la orden permanente de abrirle todos los archivos públicos para que documentara su obra, por lo que tuvo a la mano infinidad de documentos originales de toda especie.
Escribe J. Lafaye que Muñoz "tanto por su personalidad de histo¬riador como por su cargo de historiógrafo de las Indias y porlos documentos que disponía... era, sin duda alguna, el hombre más calificado en la España del siglo XVIII, para poner en claro la... cuestión de la tradición guadalupanista".
En efecto, Juan Bautista Muñoz escribió su "Discurso histórico¬crítico sobre las apariciones y el culto de Ntra. Sra. de Guadalupe en México", que fue leído ante la Real Academia de la Historia el 18 de abril de 1794, y aprobado como postura oficial de esta última el 30 de enero de 1795. Cabe destacar que la Real Academia fue considerada por los estudiosos como el "tribunal supremo de las historiografía hispánica".
En consecuencia, la posición oficial de la Real Academia -inte¬grada por los más excelentes historiadores de su tiempo- fue de recha¬zo a la postura romanista.
En su famoso discurso Muñoz rebate a Vos apologistas con los siguientes argumentos:
- Que fue Miguel Sánchez quien escribió por primera vez, hacia 1648, las supuestas apariciones guadalupanas.
- Que antes de él, nadie había señalado tal cosa. Desde 1531 - presunta fecha de las apariciones-, hasta 1648, hay un silencio historio¬gráfico. (Más que silencio, agregaríamos nosotros, hay una rotunda negativa de la historia a tal mito).
- Presenta Muñoz documentos hasta ese entonces inéditos, con los cuales rebate las apariciones. Los documentos que presentó por primera vez fueron el informe del virrey Martín Enríquez, de 1575, así como el pasaje de la Historia de Bernardino de Sahagún, los cuales ya han sido citados en la presente reseña.
- Desenmascara al cura Miguel Sánchez quien altera las citas de historiadores -entre ellos Sahagún-, para falsamente fundamentar su historia. En el origen de la tradición guadalupanista hubo "falsos documentos", concluye Muñoz.
En las partes finales de su discurso, Muñoz refiere la enorme afluencia de limosnas que ya se generaban desde entonces, y así men¬ciona que la colegiata de Guadalupe erigida por el arzobispo Rubio Salinas, en 1794, costó cuatrocientos veintidós mil pesos, "habidos de limosnas".
En consecuencia, ha sido el discurso de Juan Bautista Muñoz, de fines del siglo XVIII, uno de los estudios más completos que exhiben la manera en que se formó la fábula guadalupana.
Este documento sirvió de apoyo a otros elaborados tiempo después, los que fueron agregando mayores datos contra el mito aparicionista.
j).Joaquín García Icazbalceta.
Fue un historiador español nacido en Valencia en 1745 y muerto en 1799. Fue nombrado cronista oficial del Nuevo Mundo, habiéndole encargado Carlos III en 1779 escribir una Historia General de las Indias. Por decreto real (de fecha 20 de enero de 1778), se dio la orden permanente de abrirle todos los archivos públicos para que documentara su obra, por lo que tuvo a la mano infinidad de documentos originales de toda especie.
Escribe J. Lafaye que Muñoz "tanto por su personalidad de histo¬riador como por su cargo de historiógrafo de las Indias y porlos documentos que disponía... era, sin duda alguna, el hombre más calificado en la España del siglo XVIII, para poner en claro la... cuestión de la tradición guadalupanista".
En efecto, Juan Bautista Muñoz escribió su "Discurso histórico¬crítico sobre las apariciones y el culto de Ntra. Sra. de Guadalupe en México", que fue leído ante la Real Academia de la Historia el 18 de abril de 1794, y aprobado como postura oficial de esta última el 30 de enero de 1795. Cabe destacar que la Real Academia fue considerada por los estudiosos como el "tribunal supremo de las historiografía hispánica".
En consecuencia, la posición oficial de la Real Academia -inte¬grada por los más excelentes historiadores de su tiempo- fue de recha¬zo a la postura romanista.
En su famoso discurso Muñoz rebate a Vos apologistas con los siguientes argumentos:
- Que fue Miguel Sánchez quien escribió por primera vez, hacia 1648, las supuestas apariciones guadalupanas.
- Que antes de él, nadie había señalado tal cosa. Desde 1531 - presunta fecha de las apariciones-, hasta 1648, hay un silencio historio¬gráfico. (Más que silencio, agregaríamos nosotros, hay una rotunda negativa de la historia a tal mito).
- Presenta Muñoz documentos hasta ese entonces inéditos, con los cuales rebate las apariciones. Los documentos que presentó por primera vez fueron el informe del virrey Martín Enríquez, de 1575, así como el pasaje de la Historia de Bernardino de Sahagún, los cuales ya han sido citados en la presente reseña.
- Desenmascara al cura Miguel Sánchez quien altera las citas de historiadores -entre ellos Sahagún-, para falsamente fundamentar su historia. En el origen de la tradición guadalupanista hubo "falsos documentos", concluye Muñoz.
En las partes finales de su discurso, Muñoz refiere la enorme afluencia de limosnas que ya se generaban desde entonces, y así men¬ciona que la colegiata de Guadalupe erigida por el arzobispo Rubio Salinas, en 1794, costó cuatrocientos veintidós mil pesos, "habidos de limosnas".
En consecuencia, ha sido el discurso de Juan Bautista Muñoz, de fines del siglo XVIII, uno de los estudios más completos que exhiben la manera en que se formó la fábula guadalupana.
Este documento sirvió de apoyo a otros elaborados tiempo después, los que fueron agregando mayores datos contra el mito aparicionista.
j).Joaquín García Icazbalceta.
Erudito historiador mexicano que nació el 21 de agosto de 1825 y murió el 24 de noviembre de 1894 en la ciudad de México.
Hombre universalmente admirado por sus méritos académicos. Dedicado al comercio por sus padres, pudo hallar su vocación que fue la de impulsar en todos los aspectos la cultura mexicana.
Obra de valor perenne fue su acopio y publicación de muchos manuscritos que estaban a punto de perderse. Hizo la bibliografía del siglo XVI de la Nueva España en forma que difí¬cilmente puede ser superada.
Se dedicó a la literatura y al estudio de la historia antigua de México, habiendo traducido diversas obras; dejó innumerables escri¬tos, casi todos publicados. Fue fundador de la Academia de la Lengua en México y tercer director de la misma.
En octubre de 1883 remitió al arzobispo de México, Pelagio Antonio de Labastida y Dávalos, el estudio que le había encomendado tocante al culto guadalupano. Posteriormente se hizo público el estudio de Icazbalceta provocando un sinnúmero de reacciones, toda vez que este historiador, considerado de los más destacados en el siglo pasado, demostraba rotundamente que era un mito.
Icazbalceta rechaza con infinidad de argumentos la fábula apa¬ricionista, desvirtuando una a una las pruebas que los apologistas pre¬sentan. Algunos párrafos de su carta son los siguientes:
"Las dudas acerca de la verdad del suceso de la aparición son bien antiguas y bastante generalizadas... El primer testigo de la aparición debiera ser el Sr. Zumárraga, a quien se atribuye papel tan principal en el suceso y en las subsecuentes colocaciones y traslaciones de la imagen. Pero en los muchos escritos suyos que conocemos no hay la más ligera alusión al hecho a las ermitas: ni siquiera se encuentra una sola vez el nombre de Guadalupe... ".
Después de examinar a diversos historiadores, entre ellos Juan de Torquemada, Bernal Díaz del Castillo, Bernardino de Sahagún, Je¬rónimo de Mendieta, etc., concluye su carta señalando:
"En mi juventud creí... en la verdad del milagro; no recuerdo de dónde vinieron las dudas, y para quitármelas acudí a las apolo¬gías: éstas convirtieron mis dudas en certeza de la falsedad del hecho. Y no he sido el único. Por eso juzgo que es cosa muy delicada seguir defendiendo la historia..." Si Juan Bautista Muñoz era el hombre indicado para rebatir el guadalupanismo en el siglo XVIII, García Izcabalceta lo era en el siglo XIX.
Hombre universalmente admirado por sus méritos académicos. Dedicado al comercio por sus padres, pudo hallar su vocación que fue la de impulsar en todos los aspectos la cultura mexicana.
Obra de valor perenne fue su acopio y publicación de muchos manuscritos que estaban a punto de perderse. Hizo la bibliografía del siglo XVI de la Nueva España en forma que difí¬cilmente puede ser superada.
Se dedicó a la literatura y al estudio de la historia antigua de México, habiendo traducido diversas obras; dejó innumerables escri¬tos, casi todos publicados. Fue fundador de la Academia de la Lengua en México y tercer director de la misma.
En octubre de 1883 remitió al arzobispo de México, Pelagio Antonio de Labastida y Dávalos, el estudio que le había encomendado tocante al culto guadalupano. Posteriormente se hizo público el estudio de Icazbalceta provocando un sinnúmero de reacciones, toda vez que este historiador, considerado de los más destacados en el siglo pasado, demostraba rotundamente que era un mito.
Icazbalceta rechaza con infinidad de argumentos la fábula apa¬ricionista, desvirtuando una a una las pruebas que los apologistas pre¬sentan. Algunos párrafos de su carta son los siguientes:
"Las dudas acerca de la verdad del suceso de la aparición son bien antiguas y bastante generalizadas... El primer testigo de la aparición debiera ser el Sr. Zumárraga, a quien se atribuye papel tan principal en el suceso y en las subsecuentes colocaciones y traslaciones de la imagen. Pero en los muchos escritos suyos que conocemos no hay la más ligera alusión al hecho a las ermitas: ni siquiera se encuentra una sola vez el nombre de Guadalupe... ".
Después de examinar a diversos historiadores, entre ellos Juan de Torquemada, Bernal Díaz del Castillo, Bernardino de Sahagún, Je¬rónimo de Mendieta, etc., concluye su carta señalando:
"En mi juventud creí... en la verdad del milagro; no recuerdo de dónde vinieron las dudas, y para quitármelas acudí a las apolo¬gías: éstas convirtieron mis dudas en certeza de la falsedad del hecho. Y no he sido el único. Por eso juzgo que es cosa muy delicada seguir defendiendo la historia..." Si Juan Bautista Muñoz era el hombre indicado para rebatir el guadalupanismo en el siglo XVIII, García Izcabalceta lo era en el siglo XIX.

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